domingo, 3 de septiembre de 2017

Primeros pasos en Suiza

El primer paseo sola desde el aeropuerto de Zúrich hasta el pueblo en el que voy a vivir se puede decir que no ha sido cosa fácil. Ya no sólo el idioma, la pechá de gente, la espera de la maleta (como siempre una de las últimas), la búsqueda de la máquina para sacar los billetes del tren en el enorme aeropuerto... Suerte que dos amables caballeros me vieron tan perdida que no les quedó otra que ayudarme, (también puede ser porque llevaba como media hora en la máquina formando cola y no, no me aclaraba. Maldito alemán que difícil eres). 

Lengnau Bei Biel, una de las primeras fotos que tomé
Por suerte pude sacarlos y hacer mi recorrido por más de medio aeropuerto hasta encontrar la estación de trenes. Sí, en el mismo aeropuerto, todo muy grande y muy poco señalado para ser uno de los mejores organizados de Europa (o es que yo soy demasiado torpe).
Puede ser eso, porque perdí el tren que debía coger, aunque por suerte los suizos nos llevan años de ventajas y el billete que sacas te sirve para todo el día, por tanto sólo tenía que esperar al siguiente.

En esa espera conocí por pura casualidad a un matrimonio en el que ella hablaba español y, claro, se me abrió el cielo. No sólo me ayudaron a aclararme sobre las paradas del tren, sino que echaron una mano (el marido) con las maletas y es que no, era imposible subirla yo sola al tren (demasiados por si acasos). Todo un poema la cara del hombre, morada cada vez que cogía mi maleta, pero demostró ser todo un caballero.
Creo que en ese mismo momento encontré la suerte de mi vida y me sentí realmente genial, viendo que la gente bonita sigue existiendo, que no todo es tan malo como nos hacen ver y que aún quedan personas dispuestas a ayudar sin nada a cambio, a interesarse por tí, a admirarte sin más y a desearte lo mejor. Really. Fue una verdadera pena cuando me tuve que despedir de ellos sabiendo que no les volvería a ver, sólo fue ese pequeño trayecto de tren y ya sentía que empezaba Suiza con muy buen pie.
Primera foto de mi calle
Al fin llegué al pueblo donde vivo, donde Andy, el padre de la familia me esperaba con un enorme abrazo y me llevó a casa, allí fue el primer contacto con la familia y es absolutamente indescriptible la felicidad y euforia del momento. El pequeño Jaro me llevó de la mano directo a su habitación, mi francés por aquel entonces llegaba sólo hasta el 'Hola que tal' así que me sentí un poco perdida. Nada que la familia no pudiera arreglar con tanto afecto y cariño durante ese ratito de noche.

Casa de los vecinos 

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